miércoles, 8 de octubre de 2014

Adiós al biberón


Cada niño es diferente y tiene su propio ritmo. Es una frase que he leído y oído cientos de veces, pero que ahora mismo estoy experimentando en mi casa. Mi marido y yo somos los mismos, pero la crianza de nuestros hijos está teniendo bastantes diferencias. Ya su llegada al mundo fue distinta: mi hijo mayor nació a término de parto natural, mientras que el pequeño fue prematuro y tuvieron que hacerme una cesárea de urgencia. Eso lo ha marcado todo. Al mayor nada más nacer le cogí en brazos y empezó a mamar de inmediato y aquella misma noche durmió conmigo en la cama del hospital. Al pequeño tardé 36 horas en verle, diez días en poder cogerle en brazos, un mes en colocármelo al pecho y un mes y medio en dormir con él por primera vez. Todo diferente.
Las prioridades también cambiaron. Con el mayor me preocupaba lo que a la mayoría de las madres: la lactancia, los pañales, la ropa, cómo cogerle, cómo dormir, por qué llora, los gases, la higiene, le abrigo más, le quito la chaqueta, le corto o no el pelo y las uñas… Vamos, todo el sinfín de dudas de las madres primerizas. Con el pequeño sólo quería que pudiera a respirar él solo, sin máquina. Todo lo demás daba igual.

Cuando el bebé llegó a casa (pequeño, pero increíblemente sano y sin secuelas) tampoco fue lo mismo. Lo que importaba era que cogiera peso y fuerza. Con el mayor jamás usé biberón ni chupete. No me gustan. El pequeño usa ambos. El biberón comenzó a utilizarlo en el hospital, cuando le quitaron la sonda con la que le introducían la leche materna (de eso estoy muy orgullosa, fue un gran esfuerzo, pero jamás necesitó artificial) y empezaron a darle biberones cuando yo no podía estar en el hospital (siempre de leche materna, que les dejaba yo en botecitos) y cuando llegamos a casa, como era tan chiquitito y al mamar se agotaba en seguida, tenía que ofrecerle biberones de mi leche de refuerzo, porque le suponía menos esfuerzo. A medida que fue ganando peso y fuerza fuimos suprimiendo esos biberones, pero llegaron los de cereales (ya hablé de ello en otro post).
Esta semana ha cumplido seis meses. Está sano y sin secuelas. Aún vamos a rehabilitación todas las semanas, pero para trabajar, igual que la mayoría de los prematuros, el desarrollo muscular y cognitivo. La base de su alimentación es la leche materna, pero ya hemos empezado con la alimentación complementaria. Ha sido comenzar con los purés y el enano ha dicho que estupendo, qué ricas las zanahorias, las patatas  y el calabacín y el plátano y el pollo y la carne, pero que el biberón se acabó. No lo quiere de ninguna de las maneras, por lo que los cereales se los estoy dando también en formato papilla, que le gusta mil veces más.

Así que mi bebé es cada vez menos bebé. Por una parte me da pena (son tan ricos tan chiquitines, tan tiernos y huelen tan bien…), pero por otra me da una alegría enorme verle pasar etapas, verle tan gordito, tan espabilado y tomando sus propias decisiones. No, no os riais. Lo he dicho bien: tomando sus propias decisiones. ¿O acaso no es una decisión importante dejar atrás el biberón?

¡Feliz medio año, chiquitín!

8 comentarios:

  1. Muchas felicidades a ese campeón, me alegro mucho que al final todo fuera bien y no le haya quedado ninguna secuela. Y óle por esa madre que a pesar del esfuerzo consiguió que su chiquitín tomara siempre leche materna! En lo de pasar etapas estoy contigo, es una sensación extraña, que te alegra y te da nostalgia a la vez. Un beso guapa.

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    1. Menos mal que nos quedan todavía muchas etapas con ellos!! Besos

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  2. Hola, he descubierto tu blog por casualidad y como me gusta! Cada madre/ padre sabe realmente la necesidad de sus hij@s : que si le gusta el bibe, que si no al chupe, que si la papilla en plato...lo importante es que tu hijo cada día es más feliz y crece sano y que le gusta comer.
    Un saludo!

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    1. Hola, Regina! Bienvenida a mi blog. Me alegra que te guste. Pues tienes razon que lo importante es que sea feliz y esté sano... Y de momento le gusta todo lo que prueba y eso es estupendo. Un abrazo!

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  3. Yo tengo dos chicos , y los he criado igual , les he dado los mismos principios y valores y cada uno es diferente , pero es normal , como somos diferentes mis hermanos y yo ,teniendo la misma educación . Traemos una personalidad propia y no salimos moldeados igual . Pero eso es lo verdaderamente valioso, que cada cual sea como es , aunque los principios básicos y fundamentales sean los mismos en la familia. Y los segundos ....¡Ay , los segundos ya vienen con sus decisiones tomadas! .

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    1. Jajaja, es verdad. Los segundos, los pobres, les toca espabilarse antes.

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  4. Te lo diré en andalú: peaso de madre que ereh! Y es verdad que cuando te dicen las cosas no es lo mismo que cuando las experimentas. Me ha pasado cuando me decían que tener una hija cambiaría mi vida. Yo misma me lo decía pero no sabía bien hasta que punto. ¡Y me encanta!
    Un saludo y ¡felicidades por el blog!

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    1. Hola, guapa! Muchas gracias por pasarte por aquí.
      Es verdad. Uno sabe antes de tener hijos que la vida cambia y que se les quiere muchísimo. Pero es que se les quiere tanto tanto, es tan intenso, que es imposible de explicar a aquellos que no los tienen. Y todo cambia, ya lo creo, se trastoca todo. Yo siempre digo que tengo dos vidas: la de antes de ser madre y la de ahora... y no se parecen casi nada! Ahora, que mi nueva vida no la cambiaba por nada del mundo.
      Espero que sigamos leyéndonos.
      Besos!

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