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Sin parar

Tuvimos fin de semana intenso y no pude pasar por aquí. Lo bueno es que no tengo obligación de hacerlo, porque me he liberado de la carga del blog pseudoprofesional, así que la idea es escribir cuando puedo y cuando me apetece. Una verdadera liberación.

El caso es que no paramos. El sábado por la mañana Marcos tenía un cumpleaños en uno de esos garitos para preescolares que suministran emociones fuertes (hinchables, parques de bolas, camas elásticas, pistas americanas...) y sustancias alucinógenas para infantes (refrescos azucarados, tarta de cien mil chocolates, ganchitos radioactivos). Se lo pasó genial: media mañana luchando contra un dragón hinchable y trepando por cuerdas para tirarse por un tobogán. Su diversión fue inversamente proporcional a la mía, que tuve que hacer vida social con los padres de la clase. Es curioso, pero con los padres de la clase de Carlos me llevo muy bien y es divertido cuando hacemos actividades comunes, pero con los de Marcos (salvo un par de excepciones), no acabo de conectar y pasar con ellos casi tres horas, me parece excesivo para el aguante de cualquiera. Así que fui una madre agradable y educada durante una hora y después me dediqué a contemplar los saltos mortales de Marcos, que se lanzaba sobre el dragón al grito de "mírame-mamá-mírame". El resto de padres se dedicó a hacer lo mismo, así que sospecho que todos nos encontrábamos igual de incómodos.

Rober y Carlos decidieron montar un plan aparte y se fueron al Museo del Ferrocarril a ver trenes y maquetas. Rober mandó como trescientas fotos y vídeos, dando fe de lo bien que lo estaban pasando entre locomotoras y vagones, y luego se fueron a tomar el aperitivo a un bar que tiene patatas revolconas. Mucho mejor plan que el mío, desde luego.

Por la tarde, otro cumpleaños, esta vez de índole familiar. Marcos tenía que haberse echado una siesta, pero venía espídico de tantas emociones y azúcares, así que no hubo manera de que se durmiera y llegó a casa de mi hermano algo cargante. Luego comió y bebió más tarta y refrescos, así que nuevo subidón y, para Carlos, una ración de empacho, porque comió como si en casa lo matáramos de hambre. Se durmieron pasada la medianoche y a las ocho y media estaban en pie. En serio, no lo entiendo... ¿No dicen que los niños necesitan dormir?

Al día siguiente fuimos al Museo de Ciencia y Tecnología y flipamos todos mucho. Creamos tornados, jugamos con fluidos y motores, medimos nuestra fuerza chutando al fútbol, vimos coches, cámaras y electrodomésticos antiguos y los niños participaron en un taller en el planetario, que fue lo que más les gustó. Después, para rematar el fin de semana de alimentación insana, nos fuimos a comer una hamburguesa y rematamos la jornada en un parque con tirolina y naves espaciales, antes de regresar a casa para hacer una sesión de cine y chuches. Vimos "Matilda" y los dos miraban la pantalla alternado dos estados: boquiabiertos y muertos de la risa. Antes de cenar, estrenamos "El laberinto mágico", juego que los Reyes trajeron a Carlos y que aun no habíamos abierto. Para sorpresa de todos (incluida la mía), me proclamé vencedora del juego. Sí, ya sé que ganar en un juego de mesa dirigido a niños de 6 años no parece tener mucho mérito, pero para aquellos que conocen mis habilidades espaciales, resultó toda una proeza que fuera capaz de atravesar el laberinto y hacerme con todos los objetos mágicos.

Entre semana nos toca retomar los horarios ordenados, las verduras y las legumbres. Pero que nos quiten lo bailao.