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Hambre de saber

Hoy Carlos quería saber sus apellidos. TODOS sus apellidos. No solo los dos primeros, que son los que conoce, sino que pretendía que me remontara hasta nuestros ancestros de la Edad Media. He llegado hasta su noveno apellido y porque era de la familia de Rober y ya a tanto no llegaba. No ha importado: entonces ha querido saber cuántos bisabuelos tenía y sus nombres y cuántos tatarabuelos y sus nombres. De todos ellos. Y, cuando me he vuelto a atascar, ha empezado a preguntarme sumas y luego ha querido saber por qué él hace las sumas de manera diferente a como las hace su padre y que por qué enseñan métodos distintos de sumar y que qué pasaría si se cambia de colegio y utilizan otro método de sumas y que si yo no sé matemáticas porque siempre digo que soy de letras y que si papá sabe algo de lengua, porque trabaja con números...

Y así todo el camino. Preguntas y más preguntas. Del colegio al parque, del parque a casa. La curiosidad insaciable de los seis años que todo quiere saberlo, que creen que los padres tenemos todas las respuestas,

No las tenemos. Yo, menos que nadie, pero que siga preguntando, preguntándose cosas, todos los misterios del mundo, aunque nos ponga la cabeza del revés y la mayoría de las veces nos pille desprevenidos.

Con su curiosidad insaciable y su hambre de saber. Dos buenos motores para crecer.